sábado, 8 de septiembre de 2018



Arsenal de sonrisas



Me tragaba despacio, como la serpiente que desencaja su mandíbula y con un ritmo pausado de contracciones y extensiones musculares empuja la presa hacia su interior para engullirla completamente y digerirla sin prisa.

Sentía el efecto del veneno y notaba cómo me succionaba. Me veía ya devorada y, sin saber cómo, reunía fuerzas para empujar con mis manos las fauces del monstruo y sacar fuera mi debilitado cuerpo. Intentaba confundir a la fiera asomándome sonriente al balcón fingiendo felicidad porque esto le desconcertaba y le hacía escapar gruñendo expresiones ininteligibles. Pero al día siguiente regresaba aún más iracunda y hambrienta, enseñándome sus afilados dientes y rugiendo de rabia. Sé que podía oler mi debilidad. Babeaba. Intentaba triturarme,  acabar conmigo.

Entonces planté cara a la alimaña. Envolví mi cuerpo con escamas punzantes, dejé crecer mis uñas hasta que se convirtieron en garras y aprendí a morder donde más duele. Luchamos descarnadamente durante meses hasta que, viendo que nunca podría vencer mis eternas ganas de vivir, saltó por la ventana haciéndose añicos al caer.

Logré recuperarme, pero cada mañana salgo sonriendo al balcón para mantener alejada a la bestia, para ahuyentar la maldita depresión.

Y si regresa, me reiré en su cara.


 Resultado de imagen de monstruo







(Imágenes bajo copyright del autor)






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